miércoles, octubre 11, 2006

En un lugar solitario - Casa del Inca - 03/10/2000

Dixon Steele es un conflictivo guionista de Hollywood que apenas cree en nada, sólo en sí mismo, encerrado en su ego, como una cárcel que le impide ver a los demás, hasta que una mujer le hace mantener nuevas ilusiones, que se verán destrozadas por su propia violencia, una violencia que tiene tanto que ver con su temperamento como con una visión excesivamente subjetiva del mundo.



En un lugar solitario, que Bogart produjo y que Nicholas Ray dirigió espléndidamente dejándose la piel y más de un rasgo autobiográfico en ella, sin dejar de ser una película negra, es, sobre todo, una de esas estupendas historias que Hollywood, en el pasado, ha contado sobre sus propias miserias: sobre las miserias y grandezas de la industria del cine, sobre su gente. Un film que está perfectamente dialogado y en el que no sólo se disecciona con cierta crueldad el mundo del cine, sino que se hace una reflexión sobre el papel que el guionista desempeña en todo ese tinglado. Un guionista que se ve obligado a extraer una buena historia de novelas insignificantes, que agentes y productores le obligan a leer.

Dixon Steele, nuestro antihéroe, es un guionista buscador de oro que aborrece vender su alma al diablo por acercarse a los demás, padecer la peor de las oscuridades conocidas, la soledad plural, la concurrida. La soledad de no cruzarse nunca una mirada que le haga soportar que todo sea tan torpe, tan vulgar; unos ojos que duden, como los suyos, más del bien que del mal. Vive el amor con furia, con dolor, con vasto pesimismo, y con poquita esperanza de triunfar en la calma, en la serenidad que tanto cuesta y tanto desespera al llegar, por no ser, como todo, como uno desearía que fuera. Y es que la calma es pausa, es silencio, es la capacidad de atrapar el momento y mirar dentro, por si estás. Escuchar con los ojos abiertos, parar, y no siempre hay ganas de probar suerte fuera del infierno. El ruido y el desorden nos protegen de la verdad y el miedo, nos aturden, nos tapan los ojos con las dos manos pare poder cruzar. Dixon tiene su paso, sus miradas, su calma, deseo de escapar. Desarraigado y siempre atento, su sensibilidad le hace filtrar cualquier error. La violencia es sólo una manera de demostrar su rabia contra actitudes deshonestas, un camino mal visto de regañar al prójimo por su torpeza, pero que para él no es más que una reacción incontrolada e incapaz de llegar al final. Compatible con gestos de grandeza y generosidad con los más débiles, fracasados, vagabundos, mujeres rotas por dentro o por fuera... Ternura y sensibilidad que a veces se transforma en ganas de matar, precisamente por comprender al débil y detestar al que confunde fortaleza y vulgaridad.

El guionista Dixon Steele de En un lugar solitario está siempre presente, ocupa una gran parte de la narración, pero es entrevisto, atisbado, acosado por la mirada de los demás. Se trata de un retrato, pero más de una personalidad que de un destino ejemplar condicionado por factores externos. Bogart parece adoptar desde el inicio esa máscara que le va a convertir en espectáculo ante los demás, una máscara que levantará ante nosotros en varias ocasiones, pero que no le servirá para abrirse al mundo. Quizás se comprenda mejor a sí mismo, pero sigue siendo un hombre incapaz de comprender sus relaciones con los demás, de adaptarse al mundo; por lo menos, de comprender sus límites y de establecer un compromiso entre su temperamento y los demás.

Pocas veces el encuentro de una persona con todo el poder, como Humphrey Bogart tenía a finales de los años cuarenta, significó tanto para alguien como para Nicholas Ray. Sus dos primeras películas, a pesar de la fuerza y belleza de Los amantes de la noche (1948) y Un secreto de mujer (1949), tuvieron una tibia acogida por parte del público y de la crítica americanos. Es posible que Ray hubiera salido con el tiempo del estrecho círculo de la serie B. Pero fue su encuentro con Bogart, personaje con el que le unían tantos caracteres comunes, y, sobre todo, un temperamento apasionado y anticonvencional de primer grado, lo que decidió su carrera. Asociados, hicieron dos películas de éxito que, además, llamaron la atención de la crítica: Llamada a cualquier puerta (1949) y En un lugar solitario (1950). Esta colaboración con una de las más grandes estrellas de aquel momento le permitió arraigarse en la profesión, aunque nunca tuviera fácil su continuidad y los problemas con los productores se sucedieron una y otra vez, y en pocas ocasiones gozó de los medios y la libertad necesarios, hasta convertirle en un cineasta maldito, admirado y respetado en Europa, pero nunca considerado en América, hasta que se convirtió en un mito. A ello contribuyeron títulos de la calidad de Nacida para el mal (1950), Infierno en las nubes (1951), Johnny Guitar (1954), Rebelde sin causa (1955), Más poderoso que la vida (1956), Amarga victoria (1957), Chicago, años 30 (1958), Rey de reyes (1961) o 55 días en Pekín (1963), y actores del renombre de Joan Fontaine, Robert Ryan, John Wayne, Susan Hayward, Robert Mitchum, Joan Crawford, Sterling Hayden, James Cagney, James Dean, Natalie Wood, James Mason, Walter Matthau, Richard Burton, Robert Taylor, Anthony Quinn, Charlton Heston, Ava Gardner o David Niven, además de los mencionados Humphrey Bogart y Gloria Grahame.

De Bogart poco hace falta decir. Es un actor de sobra conocido, de los más míticos que Hollywood nos ha dejado. Especializado en papeles secundarios en películas de gángsters, su carrera cambió de forma radical tras protagonizar Casablanca. A partir de ahí, se convirtió en una de las estrellas más cotizadas. En 1951 la industria del cine reconoció su labor con el Oscar al mejor actor por su interpretación en La reina de África. Más desconocida es Gloria Grahame, una de las mejores y más polifacéticas actrices que ha habido en el Séptimo Arte. Casi siempre en papeles secundarios, destacan en su filmografía películas como Cautivos del mal (1952), por la que recibió un Oscar, o Los sobornados (1953).

domingo, octubre 08, 2006

Ben Hur - Casa del Inca - 23/03/2000


Dos antiguos e íntimos amigos de la infancia, Judá Ben-Hur y Mesala, se vuelven a encontrar después de largos años. El primero es un príncipe judío, fiel a su propia patria y a la amistad, pacifista y tradicional. El segundo llega desde Roma convertido en tribuno y con una concepción distinta del mundo: el Imperio y su ambición están por encima de cualquier otra cosa, y no dudará en anteponer su amistad y acusar de traición a Ben-Hur con tal de lograr ascender y obtener mayor prestigio político. Judá es injustamente condenado a galeras y su familia encerrada en prisión, comenzando a partir de ahí la epopeya del protagonista en pos de su venganza, a la vez que va descubriendo una nueva doctrina que emerge en Palestina: el cristianismo.
Una de las mayores superproducciones de la historia del cine, producida por Sam Zimbalist para la Metro Goldwyn Mayer y basada en la novela del General Lew Wallace. Ganó 11 Oscar, todo un récord sólo igualado hasta ahora por Titanic.. La escena de la carrera de cuádrigas es uno de los momentos cumbre en la historia del Séptimo Arte, que supuso ella sola tres meses de rodaje. Además de ésta, existen otras escenas fastuosas y memorables, que supusieron todo un reto técnico y artístico para el equipo del film, como la batalla naval en la que participa la galera donde Ben-Hur está preso.

La película entera desprende fastuosidad, majestuosidad, suntuosidad y nos deja ese sentimiento de estar presenciando uno de esos espectáculos más grandes que la vida misma, que sólo el cine es capaz de regalarnos de cuando en cuando. De hecho, en su rodaje en los estudios romanos de Cinecittá participaron trescientos setenta y cinco intérpretes y más de cincuenta mil extras.

Acorde con esta grandiosidad encontramos también la música de Miklos Rosza, todo un especialista en componer para películas de esta época. No sabemos si en tiempos del Imperio Romano existirían este tipo de fanfarrias y composiciones, pero lo que sí está claro es que, para nosotros, cuando los antiguos romanos hacían sonar su música, ésta debía de hacerlo como la del compositor húngaro.

Recordar también que ya en 1925 fue rodada otra versión de Ben-Hur, dirigida por Fred Niblo, protagonizada por Ramón Novarro y producida por el gran Irving Thalberg, y que, al igual que en esta que nos ocupa, supuso todo un despliegue de medios y de dólares, que significó el lanzamiento hacia la cima de la industria de Hollywood del recién creado estudio Metro Goldwyn Mayer.

Aparte de toda esta megalomanía presente en la película, el argumento nos cuenta cómo la amistad de la infancia que mantenían Ben-Hur y Mesala se ve rota por la ambición de éste, y cómo el protagonista cambia sus ideas pacíficas y no violentas por el afán de conseguir un solo propósito: lograr su venganza. Un sentimiento que es el que le hace seguir aferrándose a la vida y soportar y superar todas las penalidades que se le van presentando. Algo que no le dejará pensar en nada más, y que no le dejará vivir tranquilo, lleno de ira y odio como está. Pero, al final de la historia, el malo verá cómo sus actos son castigados, mientras que nuestro protagonista será redimido tras conocer a Jesucristo y quedar su alma en calma. Toda una moraleja con el trasfondo de la dominación romana de Palestina y el nacionalismo judío, para mayor gloria de los estudios Metro Goldwyn Mayer, en un alarde de medios, de conocimientos técnicos y artísticos, y desarrollo interpretativo.

El encargado de llevar todo esto a cabo fue el director de origen alemán William Wyler, todo un profesional de los estudios, sobrio y eficaz, especialista en realizar adaptaciones de novelas para la gran pantalla y, sobre todo, un todoterreno capaz de rodar cualquier cosa que le mandaran con una enorme calidad. Entre su filmografía destacan títulos como Jezabel (1938), Cumbres borrascosas (1939), La carta (1940), La loba (1941), La heredera (1949), La señora Miniver (1942), Los mejores años de nuestra vida (1946), Vacaciones en Roma (1953), Cómo robar un millón (1966), Horizontes de grandeza (1958), La calumnia (1962), Horas desesperadas (1955), Brigada 21 (1951), Funny girl (1968) o Ben-Hur (1959). Recibió tres Oscar a lo largo de su carrera, por su dirección en La señora Miniver, Los mejores años de nuestra vida y Ben-Hur. Además, fue un grandísimo director de actores y actrices; trece estatuillas a la mejor interpretación fueron ganadas en películas rodadas por él, y un total de treinta y siete Oscar fueron a parar a filmes que él realizó. Como podemos comprobar, William Wyler ha sido uno de los más grandes realizadores que el cine ha dado, y uno de los más premiados por Hollywood.No podemos olvidarnos del actor que dio vida al protagonista, a Judá Ben-Hur, Charlton Heston: el intérprete por excelencia de héroes épicos en las superproducciones de Hollywood en los 50. Es en 1954 cuando empieza a destacar tras su papel en Cuando ruge la marabunta. Pero es en 1956, y de la mano de Cecil B. De Mille, cuando alcanza el estrellato interpretando a Moisés en Los diez mandamientos, un trabajo que marcó durante años sus personajes. En esta línea se sitúa Ben-Hur (1959), El Cid (1961), El señor de la guerra (1965) o El planeta de los simios (1967). Ya en los 70, los cambios en la industria y en los gustos del público hicieron que las grandes catástrofes se convirtieran en los filmes de gran presupuesto, y la imagen de luchador del actor casó perfectamente con el género. Entre 1972 y 1978 formó parte del reparto de clásicos como Terremoto, Aeropuerto 1975, Alerta roja: Neptuno hundido y Pánico en el estadio.

miércoles, octubre 04, 2006

¡Bienvenido, Mister Marshall! - Casa del Inca - 14/01/1999

Al pueblo castellano de Villar del Río llega la noticia de la venida de los americanos, dispuestos a dejar una sustanciosa ayuda monetaria. Para no defraudar a los visitantes, sus habitantes deciden transformar su localidad en un típico pueblo andaluz, y dar la imagen que esperan de España: flamenco, peineta y toros.
Obra maestra de nuestro cine, que triunfó tanto en España como en el extranjero. La comprensión humana, la ternura y la sencillez que observamos en ella evidencian una formación moral impecable y una juventud sabia e inteligente por parte de los responsables.
El cariño y gentileza con que nos son abiertas desde un principio las puertas de Villar del Río, sin prescindir de un orgullo tan nacional, hacen de la obra algo de documento universal y válido sobre España, el pueblo español y la forma como éste sabe enfrentarse con ciertos fenómenos sociales o políticos de la actualidad.
Destaca el anarquismo de ideas de cada uno, típicamente castellano y que permite una vida colectiva más fácil e integrable, donde se respeta al individuo y se estima la dignidad de cada cual.La película encara sonrientemente la opinión que tiene Villar del Río de un fenómeno político-social coetáneo, el plan Marshall. Esa crítica tan natural va implícita en las actitudes y en los comentarios cotidianos del pueblo. Por otro lado, queda la sátira comprensiva y benevolente frente al falso españolismo de los extranjeros que simplifican la personalidad de los españoles con el tópico, presente en la transformación de un pueblo castellano en típica localidad andaluza.

domingo, octubre 01, 2006

El hombre que pudo reinar - Casa del Inca - 06/04/2000



John Huston, el cineasta de la aventura según todos sus seguidores, culminó el trazado más aventurero de su obra con “El hombre que pudo reinar”, monumental e íntima adaptación de un relato breve de Rudyard Kipling. Sus protagonistas tuvieron muchos rostros, imaginados por el director durante treinta años. Extrañas pero sustanciosas parejas formadas por Humphery Bogart y Spencer Tracy, por el mismo Bogart y Clark Gable, por unos Paul Newman y Robert Redford recien salidos de “El golpe”, Huston debió perder la cuenta. Al final encontró a sus héroes más queridos bajo las británicas formas de Sean Connery y Michael Caine. Kipling salió ganando y Huston dio en la diana.

“Yo leo a Kipling desde que era niño. Me sé metros de sus aleluyas. Si empiezas la primera línea de un verso de Kipling puedes apostar con toda seguridad que yo puedo recitar el resto del poema. Estudié un glosario de Kipling en lugar de álgebra y aprendí términos utilizados por Kipling que eran característicos de la India o de la Inglaterra de su tiempo”, escribía Huston en su autobiografía “An Open Book” (“A libro abierto, Espasa Calpe). Casi de forma malsana el director de “Moby Dick” se había ido convirtiendo con el paso del tiempo en devorador, estudioso y defensor de la poesía de Kipling. Y su relato sobre dos aventureros expulsados del ejército que desean ser reyes de la misteriosa Kafiristán le había atrapado, le había hecho perder el sueño.
Tan en serio se tomó el asunto el director, que decidió irse a la India con su amigo Felix Preston. La excusa: una cacería de tigres en las faldas del Himalaya. Finalizada la contienda con las fieras rayadas, Huston resolvió viajar por toda la India y sus países fronterizos. El largo periplo le llevó a visitar el palacio del Maharajá de Jaipur, las miserables calles de Calcuta, la ciudad de Cochim – donde Huston confesó haber visto un hombre aquejado de la monstruosa enfermedad conocida como elefantiasis -, los bulliciosos terrenos de Katmandú, desplazándose finalmente hasta el belicoso país de Afganistán, donde el realizador aprendió a valorar la vida, la muerte, el crimen y las leyes de una forma distinta, diametralmente distinta.
Fue allá por 1973 cuando Huston se fue con su inquebrantable y fiel Gladys Hill a Cuernavaca, e ignoro si a base de mezcal u otros trallazos etílicos, le dio la forma definitiva al guión, sirviéndose de los trabajos previos de sus colaboradores y ampliando cuantiosamente el esqueleto del cuento original de no más de treinta páginas de extensión.

Uno de los grandes y más hermosos aciertos de la película es la nada forzada intromisión del propio Kipling en el trazado argumental. Huston coloca al escritor al principio y al final de la película. Es un periodista eficiente que se convierte en testigo de excepción de un pacto, de una idea romántica, de una aventura, quizá de la última gran aventura: “Sígame mirando, así no se escapará mi alma” le dice el irreconocible Peachy a Kipling a su regreso de la utopía.
La cotizable Edith Head diseñó el vestuario. El más discutible Maurice Jarre hizo la música. El gran operador Oswald Morris –el mismo que superpuso color y blanco y negro en “Moby Dick”, el mismo que evocó los colores de Lautrec en “Moulin Rouge”- se encargó de la fotografía. Y fue Trauner, al que Bertrand Tavernier definió como “un hombre que parece haber nacido con el cine”, quien creó para Huston solemnes templos, estancias reales, parajes angostos, cuevas repletas de de oro y zafiros, respetando las descripciones de Kipling y las interpretaciones Hustonianas.
En definitiva “El hombre que pudo reinar” (¡ y tanto que reinó, vive Dios!) posee un sentido de la aventura, una libertad expresiva, una poesía vital y un respeto vivencial que hubieran hecho feliz a Kipling desde lo más profundo de sus tierras vírgenes.
De la muy famosa pareja de protagonistas se puede hablar largo y tendido. Como ya es sabido, Sean Connery se dio a conocer allá por 1962 interpretando a James Bond en la primera película de la saga, 007 contra el Dr. No. Posteriormente dio vida al personaje de Ian Fleming en otras cinco ocasiones (Desde Rusia con amor, James Bond contra Goldfinger, Operación Trueno , Diamantes para la eternidad y Nunca digas nunca jamás). Además de en esta serie, cabe destacar sus apariciones en títulos como Marnie la ladrona, Robin y Marian, El nombre de la rosa, Los intocables de Elliot Ness (por la cual recibió el Oscar el mejor actor secundario en 1987) o Indiana Jones y la última cruzada. En cuanto a Michael Caine, debuta en 1956, aunque no es hasta diez años más tarde que no triunfa con Alfie. Tras ella, vendrán papeles en películas como La huella, Vestida para matar, Educando a Rita, Lío en Río, Hannah y sus hermanas (Oscar al mejor secundario en 1986), Sangre y vino o la reciente Las normas de la casa de la sidra (por la que ha recibido su segunda estatuilla, también como mejor secundario en 1999).El director, John Huston, uno de los más grandes que ha dado Hollywood, se dio a conocer en 1941 con El halcón maltés. En 1948 recibió su único Oscar por El tesoro de Sierra Madre. Después, siguió deleitándonos con títulos como La jungla de asfalto, Cayo Largo, La Reina de África, Moby Dick, Vidas rebeldes, Moulin Rouge o Dublineses.

jueves, septiembre 28, 2006

Casablanca - Casa del Inca - 10/06/1999


Casablanca fue proyectada en la Casa del Inca el 10 de junio de 1999 como cierre de la temporada 98-99 del cine-forum de Forajidos. El texto que aparece a continuación forma parte de la ficha que se repartió aquel día entre los asistentes.

El 8 de diciembre de 1941, justo después del ataque japonés a Pearl Harbour, llegaba a los estudios Warner Bros. una obra teatral inédita, “Everybody’s come to Rick’s”. Wallis hizo comprar los derechos de la obra por 20.000 dólares y puso en producción el proyecto con el incitante nombre de Casablanca. A partir de ahí, todo cuanto concierne a su fabricación y rodaje inspiró toda suerte de leyendas.

Con William Wyler como director y Ann Sheridan, Ronald Reagan y Dennis Morgan como protagonistas, la idea del proyecto comenzó a tomar forma. Pero la producción no iba a ponerse en marcha tan fácilmente. Wallis desestimó a Wyler como director y solicitó los servicios de Michael Curtiz. Éste propuso para el papel del dúo protagonista a Humphrey Bogart y a Ingrid Bergman, oponiéndose a otros nombres como George Raft o Hedy Lamarr.

Aunque la película es mucho más rica e inteligente, todos los ingredientes principales están en la pieza teatral, con la única salvedad de que la heroína interpretada por Ingrid Bergman es una aventurera de virtud dudosa y Rick un hampón sin escrúpulos ni mucho carácter. Fue la aportación colectiva de los guionistas, director y productor la que hizo de Casablanca lo que es, cambiando un simple folletín propagandístico antinazi por una historia romántica que forma parte de la cultura de nuestra sociedad.

Si completar el guión fue complicado, reunir el elenco de actores no lo fue menos. A ello se fueron sumando otros muchos obstáculos que superar, como las limitaciones de tiempo impuestas por compromisos ulteriores de los principales intérpretes. El guión con el que se trabajaba estaba terminado, pero no era definitivo. Partes del mismo fueron escritas sobre la marcha, como la famosa escena final en el aeropuerto, donde ni los propios actores conocían cuál iba a ser el desenlace de la historia.

Otra anécdota curiosa está relacionada con Dooley Wilson, el actor que daba vida a Sam, el cual no tenía ni idea de tocar el piano. Sin embargo, la música se estaba rodando con sonido directo, así que mientras aquel cantaba y fingía aporrear las teclas, se colocó otro piano fuera de cámara donde sonaban, entre otras, “As time goes by”. Una melodía a la que se oponía el compositor de la banda sonora, Max Steiner, y que acabó aceptando a regañadientes.

Uno de los momentos más emotivos de la película y de su rodaje tiene lugar al compás de La Marsellesa. Cuando se hizo la escena, la mayor parte de los actores presentes en ella eran, al igual que sus personajes, fugitivos del fascismo que habían huído de la Europa nazi; así que no fue muy difícil que se identificaran con la situación y la vivieran con emoción, más que tratarse de una simple actuación.

El rodaje de Casablanca concluyó el 3 de agosto de 1942 y su estreno tuvo lugar el 23 de enero de 1943, justo en plena conferencia entre Churchill y Roosevelt en la misma ciudad de Casablanca. La película se rodó casi por completo en los estudios de la Warner Bros. en Burbank (California). Aparte de decorados propios, se usaron los de otras producciones (The Desert Song para las escenas del mercado marroquí; La extraña pasajera para la estación parisina). El único exterior se rodó en Los Angeles Metropolitan Airport. En varias películas posteriores se intentó imitar el estilo de Casablanca, pero ésta tiene algo especial que no han tenido otras: una combinación de romanticismo, exotismo y heroísmo que se transformaba en algo mágico cuando Bogart y Bergman se miraban en la pantalla. El film ganó tres Oscars: mejor película, mejor director y mejor guión adaptado.

Sus protagonistas:

· Michael Curtiz: Era un maníaco depresivo que no trabajaba para vivir, vivía para trabajar. Dirigió 88 películas para Warner Bros., la mitad de ellas entre 1930 y 1939, un récord que nadie ha igualado en Hollywood. Era famoso por su carácter endiablado y su pésimo inglés. Consiguió con esta película su único Oscar como director, y a él se deben títulos como El capitán Blood, La carga de la brigade ligera, Robín de los bosques, Dodge ciudad sin ley, Ángeles con caras sucias, Yanqui Dandy, La vida privada de Elizabeth y Essex, Pasaje para Marsella o Sinuhé el egipcio.De origen húngaro, era un claro exponente de la influencia europea en Hollywood.
· Ingrid Bergman: Descubierta en Casablanca, fue llevada a Hollywood desde su Suecia natal por el productor David O.Selznick (el artífice de Lo que el viento se llevó). Consiguió dos Oscars en su carrera, por Luz que agoniza y Anastasia. Participó en muchas películas con Alfred Hitchcock, hasta su sonado romance con el italiano Roberto Rossellini, que la convirtió en su musa.
· Humphrey Bogart: El héroe americano por excelencia. Su menguada estatura y su físico le relegaron durante años a roles secundarios. Casablanca le impuso definitivamente como galán romántico de inusitado atractivo. Con su personaje de Rick Blaine, un héroe amargado pero generoso, duro pero vulnerable, ambiguo pero de una imprevista y pasional abnegación, sus gestos y su indumentaria, un sombrero, una gabardina y la pistola en la mano, se inició una leyenda. Consiguió su único Oscar por La Reina de África, junto al director con quien más colaboró, John Huston. La pareja que formaba con Lauren Bacall ha sido una de las más míticas de la historia del cine.
· Paul Henreid: Hijo del cónsul inglés en Trieste, causó tal sensación en el cine inglés que pronto fue llamado a Hollywood. Su ocasión de oro se dio con La extraña pasajera, junto a Bette Davis, donde fascinó a las mujeres americanas con su aura romántica y su exótico acento continental. Aunque al principio se negó a interpretar a Victor Laszlo, se le parecía en dos cosas: era un refugiado del Tercer Reich y odiaba a muerte a los nazis. Fue el único del trío protagonista a quien la película no benefició decisivamente en su carrera.
· Claude Rains: Seguramente el más grande actor en el reparto de Casablanca. Un inglés que sería uno de los más extraordinarios villanos de la pantalla, capaz de alternar papeles de protagonista o de característico. Los hermanos Epstein escribieron expresamente para él el personaje del capitán Renault, el cínico hombre de Vichy que halla en Rick una no prevista alma gemela.
· Sidney Greenstreet: Actor inglés de teatro, sin experiencia en el cine. Fue el gran descubrimiento de John Huston en El halcón maltés. Con su oronda e imponente humanidad, su mirada entrecortada y maligna, sería desde entonces uno de los grandes villanos de la pantalla, y fue un perfecto Ferrari, el más inquietante de los traficantes de Casablanca.
· Peter Lorre: Ejemplo máximo del cosmopolitismo de Casablanca. Nacido en Hungría, educado en Austria, actor de teatro en Polonia, astro de cine en Alemania, Inglaterra y Hollywood. Con su aire de Fausto mundano e inquietante, introducía tensión y amenaza en cualquier película donde interviniese, aunque fuera con un papel breve pero crucial como el de Ugarte.

(De “As time goes by”)
You must remember this
a kiss is still a kiss
a sigh is just a sigh:
the fundamental things aply,
as time goes by.
And when two lovers wook,
they still say I love you,on that you can rely...

lunes, septiembre 25, 2006

Blog de cine de la Asociación Cultural Forajidos


La Asociación Forajidos nace del germen creado con el cine-forum de la Casa del Inca. Nuestra primera película, el 27 de noviembre de 1997, en ese incomparable marco del siglo XVI fue Forajidos (The killers), dirigida por Robert Siodmak en 1946 y protagonizada por Burt Lancaster y Ava Gardner. Su título lo adoptamos como nombre para nuestra asociación.
La segunda película que proyectamos, Brigada 21 (Detective story), del año 1951, dirigida por William Wyler y protagonizada por Kirk Douglas y Eleanor Parker, sirvió también para dar nombre a nuestra revista.